Auge y caída de los cibercafés

Auge y caída de los cibercafés

Que las redes sociales, que el internet, que el triple w, que el Messenger y el mail, los juegos en línea y los chateos… Toda esta larga lista de invenciones digitales revolucionó nuestras vidas al comienzo de este siglo del que ya han pasado dos décadas. Además, estas viejas-nuevas tecnologías cimentaron un modelo de negocio que tuvo su gran auge hace unos 10 o 15 años y de cuya silenciosa caída hoy somos testigos, no sin un cierto dejo de tristeza.

Nos referimos a los cibercafés, lugares donde nos iniciamos en todas estas cosas cibernéticas en aquel tiempo en que el ciber (así sencillamente dicho) de la esquina, del barrio, de la galería céntrica, terminaba siendo casi un segundo hogar. De muchos niños, chicas enamoradas, voyeristas, buenos para la conversa subida de tono y jugadores de pantalla, pero también de un público que sabemos guachaca.

¿Cuántos compipas aprendieron ahí a mandar emilios o mensajes románticos, pero con un @ intercalado? Hay muchos que en el estilo más guachaca tenían hasta cuenta en estas oficinas virtuales donde quienes no nacimos con el teclado en la mano, como los cabros más jóvenes, encontrábamos el ciberespacio abierto a precio módico. No se necesitaban caros celulares ni cuentas telefónicas abultadas para acceder al mundo entero. Y siempre estaba el muchacho del mesón dispuesto a atender varias paleteadas a la vez, como enseñar a usar Gmail, ayudar a mandar un currículum o hacerle una tarea a la niña.

Tan bien les fue que llegaron a existir algunos en versión monumental, con hasta 40 cabinas.

El guachaquismo nacional hacía de las suyas en estos lugares. Algunos pasaban horas desafiando el calor en salas no siempre bien ventiladas. En ciertos barrios se convirtieron en verdaderos antros que atendían en horas poco caballerescas. Muchos acompañaban su sesión con la chelita en mano y aprovechaban de conocer gente, sobre todo en la era del chateo pre-wasapo. No faltaba el que se hacía el lindo delante de una webcam y en varios uno podía encontrarse con una que otra imagen íntima o con documentos indiscretos dejados accidentalmente por un usuario impúdico.

En un ciber podía pasar de todo. Más de algún episodio escabroso policial ocurrió en esos locales que ofrecían privacidad.

Todo está escrito en pasado porque lo cierto es que estos espacios guachacas hightech han ido desapareciendo como los dinosaurios, los cines con tribuna y los videoclubes. La misma tecnología que los parió los fue matando. Ya es difícil encontrar ese que estaba en la esquina o en el centro de cada ciudad. Los principales afectados de esta extinción masiva son los compebres más reacios al celular caro, o sea, el guachaca que, si no tiene los pesos para el contrato o el aparato móvil, ya no puede acceder con tanta facilidad a la famosa cibernube. Y también, por supuesto, los más solitarios.

Quizá sea el momento de exigirles a las autoridades que declaren Monumentos Nacionales a los pocos que van quedando. O tal vez haya llegado la hora de componerles un réquiem a estos mini centros republicanos porque al menos merecen irse con una fanfarria.

Lo mismo se podría decir de los fonos con moneda, pero esa es otra historia para contar otro día.