Tendencias en pichinas, piletas y manguereos varios

Tendencias en pichinas, piletas y manguereos varios

Por Emilio Antilef

Cierto que tenemos un tremendo litoral que, al menos durante enero, se vio algo alicaído en el número de visitantes. Había malos pronósticos, pero este país, aunque se encuentre en estado de protesta, toma vacaciones y ahí la playa suele ser destino frecuente, ya sea por el día o por unas semanitas. Y así, después de un primer mes complicado, febrero volvió a llenarse de piqueros marinos. Convengamos que ni el más revolucionario de hoy deja pasar febrero y parte a tomar destinos diversos entre la cantidad de buenos paisajes que se gasta el nacional territorio.

Pero hay bolsillos que no dan para eso. Pasa también que las vacaciones son cortas y el recurso a veces alcanza apenas para un fin de semana, con harto melón con vino eso sí. En todas partes quedan rezagados, pero no parecen lamentarlo, especialmente los niños, que suelen hacer fiesta donde sea que haya agua.

Hay desde el clásico manguereo, que aún toma lugar en el pasaje o en patios por doquier, incluyendo el vándalo maldito que abre un entretenido grifo, hasta las pichinas, como las llamamos aquí cariñosamente y que de un tiempo a esta parte han ido disminuyendo en variedad. Siguen brillando clásicos como la Tupahue o Antilén, del San Cristóbal. Más de algún club de campo todavía las luce en lugares como Isla de Maipo o Lonquén, aparte de los parques acuáticos a todo dar y cobrar. Pero han desaparecido muchas de las piscinas de barrio, como la Mundt de Ñuñoa, la Perla de Lo Espejo, La Quintrala de La Reina o los Pocitos de Peñalolén. Por lo tanto, hay que buscar otras opciones y ahí viene el toque guachaca: las piscinas plásticas “fáciles de armas e instalar”, donde los niños pueden remojarse de manera más segura, en su propio jardín. Y además se pueden compartir.

El ingenio chileno ha permitido que, en vez de ollas comunes, la idea de piscina común surja en plazas que vecinos se turnan en cuidar. Incluso los medios dieron a conocer hace poco la que posiblemente sea la iniciativa más digna del Premio Nobel Guachaca del año: la “piscina móvil”, de Ramón Sandoval, emprendedor de Paine que acondicionó uno de sus camiones para brindar a los niños de su zona una alternativa para capear el calor. La alberca con ruedas mide 9 m de largo, 2,5 m de ancho y 1 m de profundidad, y se inspira en un capítulo de Los Simpson.

Crédito: T13

Fue para este mismo segmento, donde abunda harto compipa, que el alcalde Lavín sacó la magna idea de habilitar cuanto chorro hubiese en el municipio de Santiago: en el verano 2001, dieron que hablar estas iniciativas algo reñidas con la salubridad. Parques no muy habilitados se llenaban, aprovechando piletas que no perduraron.

Pero la inquietud estaba y hoy tenemos municipios que pusieron manos más profesionales en el asunto y mantienen juegos acuáticos al gratín en comunas diversas, al menos en la capital, donde los peques y viejurris con alma de niño pueden gozar los ingeniosos juegos de agua del Parque de la Familia de Quinta Normal o del Parque Bicentenario de Recoleta. Hay uno en el parque del Cerro Chena donde los baldes mojan al que pase. En plazas de regiones, el ingenio urbanista también inventa formas semejantes para que el agua fluya hasta los acalorados peatones, y nos recuerdan que, para un buen baño de agua en días de calentamiento global, basta algo de brújula e imaginación.

Chile tiene festival

Chile tiene festival

Por Emilio Antilef

Salvo excepciones nortinas, Chilito y su a veces sufrida franja de tierra no tienen carnaval, pero sí tenemos festival, palabra que en los veranos se repite en toda ciudad que se mande las partes de ser un “atractivo turístico”. En el pasado quedaron las versiones de primavera, porque los festivales hoy son definitivamente para el verano. De sur a norte y de cordillera a mar.

Suena a verso, pero es cierto. La variedad de festivales de verano recorre balnearios y villorrios cordilleranos, orillas de río y ciudades señoriales de provincia. Los hay también con nombre del fruto clásico de la zona, y es así como nos encontraremos con “El festival de la Sandía”, ¿dónde?, en Paine, obviamente, o el “de la Frutilla” de San Pedro, donde podemos degustar ejemplares gigantescos y jugosos.

Hay versiones discretas y otras apoteósicas que se convirtieron en leyenda. Y además hay algunas mutaciones, como las llamadas fiestas. Por ejemplo, en el presente ha ido tomando fama ese evento con el guachacazo nombre de “Fiesta de la Carne y la Leche”, que se celebra en Osorno y que además va aparejada de comistrajos varios. Pero lo que todas estas magnas ocasiones tienen en común es el toque de elegancia y glamour que sus organizadores les intentan dar, con mayor o menor éxito.

Está claro que el más llamativo, internacional y a todo brillo es el Festival de Viña del Mar, que tantos asociamos a la voz por años repetida de Antonio Vodanovic. Por muy lejano que esté Viña de rincones extremos, ese balneario impuso el modelo a seguir. No hay festival que no le lleve alguna competencia de voces o canciones, con un jurado ad hoc que, en los pueblos y capitales provinciales, reúne a lo más granado de la intelectualidad local. Tampoco pueden faltar las transmisiones de equipos móviles para alguna radio con nombre estelar, y ojalá que la animación esté a cargo de un rostro de la tele, aunque sea del pasado remoto en blanco y negro, para darle el caché obligatorio que hace que los alcaldes le den un empujón presupuestario al brillo, que muchos usan como trampolín a la fama.

Si hasta las comunas tienen lo suyo, siempre calcando la fórmula de animadores guapetones más artistas que ven el verano como LA ocasión de llenar sus arcas para el resto del año. De hecho, varios nombres se repiten en los festivales del país, desde consagrados hasta alguno que apenas han rozado un set de TV, pero que en el festival se vuelven estrellas a todo fulgor. Mención aparte merecen los monarcas, reyes o reinas que, tal como en nuestra magna cumbre, se eligen por votaciones de diversa índole. Las reinas, especialmente, solían lucir escasa ropa, requisito para que sus fotos aparecieran en diarios y hasta calendarios. Hoy, más bien se visten de alguna causa en boga.

Todo como parte de esas palabras claves de fiesta o festival que, por unos días, se esfuerzan por llenar el vacío que dejaron los carnavales.  

¿Arde la Quinta?

¿Arde la Quinta?

Por Emilio Antilef

Prometían suspenderlo. Dicen que es un circo ultra comercial, superficial, chabacano y de un cuanto hay. Que es un carnaval de gastos y que refleja mal gusto o baja cultura. Todo esto como un pálido reflejo de lo que se le achaca a la vedette de nuestros festivales, algo ya comentados por acato.

Mientras tanto, el Festival de Viña, al cierre de estas emisiones, le sigue ganando a los agoreros, a los tontos graves, a los chaqueteros y ni sus más implacables jueces, a lo Passalacqua, Montecinos, Lafourcade, han podido vivir para ver su fin. Si hasta coincidir con un terremoto da material de sobra para hacer del evento un clásico que puede dar cuenta de las épocas y sus cambios, y que ha sobrevivido como algo típico de una chilenidad que sueña con volar al mundo y ve en una gaviota, más que una mascota, un emisario que trae el universo musical posible a Chilito.

Si hasta le inventaron alfombra roja, como un show de Hollywood. Y le ponemos atención aunque no queramos. No resulta mucho el dárselas de enemigos del certamen, si al final, para bien o mal, lo comentamos igual. Más aún si trae alguna resonancia polémica, donde la política no se ausenta. El escenario de la Quinta Vergara, aunque quiera, no le puede sacar el traste a la jeringa de lo que esté pasando y este año NO podía ser la excepción. Así es que solamente pónganle atención a los dados que están cargados y, ya lo dijo el puma Rodríguez: hay que escuchar la voz del pueblo, a veces.

La voz de ese pueblo que pifió a los Quilapayún en pleno gobierno de don Chicho Allende, cuando la banda comenzó a torear lo gustos “burgueses” del respetable.

Vox populi que le dio un real aplauso, ya sea por bando militar o clamor espontáneo, a un sonriente y civil Pinochet, o a un Bigote Arrocet dedicándole “Libre”, de Nino Bravo, en versión de rodillas, en esos años en que la transmisión era en blanco y negro.

Más atrás, en los 60, pregúntenle a una tal Gloria Simonetti lo mal que la pasó porque cierto público no perdonaba su linaje de cuna dorada.

Años después, el color se prendió en los televisores para ver a un Manolo González censurado por imitar al Augusto general que llegaba a Taltal

Y en pleno 82, un The Police aterrizaba liderado por un Sting que luego revelaría que el viaje le sirvió para componer “They dance alone”, como homenaje a las madres de detenidos desaparecidos y su “Cueca sola”.

También en la misma década, y a toda cámara, Massiel abogó por el regreso de Patricio Manns desde el exilio y el líder de Mister Mister se las jugó por los artistas amenazados de muerte, provocando la ira de Yolanda Montecinos aquel año 88.

 

Entonces, que ahora digan que el festival viene cargado la verdad es que no tiene nada de novedad, cuando lo que pasa en el país lo salpica igual. Y hasta resulta un fenómeno con algo de profecía: si uno examina atentamente las rutinas recién pasadas de Natalia Valdebenito, Kramer, Bombo Fica o Edo Caroe, ya estaba escrita la crisis que se venía. Por lo tanto, contra viento y marea, concluyamos que Viña tiene festival, pero ese viento y marea siempre salpicarán las aguas de este bodrio, para algunos, y clásico, para todos, que une a guachacas y finolios repletando la quinta o pegados en sus teles.

¿Adónde se fueron los sapos?

¿Adónde se fueron los sapos?

Por Emilio Antilef

Era el señor de las esquinas y las cosas simples. Tan indispensable como hoy son los sistemas satelitales, sus datos eran los más fidedignos en aquellos años en que la locomoción colectiva se manejaba con riendas muy privadas. Nos referimos al sapo de micro, cuya presencia fue estelar en tiempos de carreras entre máquinas que hacían las delicias de quienes querían llegar más temprano, pero que también solían ser un dolor de cabeza y de nervios para las señoras acoquinadas que no querían quedar como animita.

Es parte de la historia con que el gremio de la locomoción dejó marcas culturales, como esos boletos de preciosos diseños que hoy se pueden encontrar hasta en archivos y museos. Otro tema son los diseños de las máquinas, esos logos y calcomanías de interior que marcaban tendencia en un día a día en que la competencia llegaba a límites de mafias, moneditas brujas, metralletas (el nombre dado a los boletos adulterados que circulaban millonariamente) y veloces rallies que fue necesario datear y estudiar.

Ahí nace el sapo, trovador o rapero más bien. Sus apariciones y relatos eran breves, pero de él dependía en cierta forma el destino de los pasajeros en carga. Sus mensajes cifrados al oído del chofer significaban acelerar o no. Aparecían en medio de la nada, con un despliegue casi acrobático y un tanto suicida. Sus subidas eran un arte, en el sentido de que, para cumplir con dignidad el cometido, debían deslizarse oportunamente entre el pavimento y la máquina andando. Para bajar, el método era el mismo. Aquellos que circulaban entre vehículos tenían una gracia digna de admiración por la manera como sorteaban el tráfico asoleado. Daba gusto ver a estos personajes ágiles, casi como jinetes de no mucha estatura pero provistos de ojo de lince.

Además eran ubicuos: uno podía encontrarlos en esquinas de periferia o en avenidas céntricas y ajetreadas.

Lo que decían era básicamente el resultado de conocer los números de las máquinas en circulación y la distancia exacta que las separaba. Un mensaje podía decir, por ejemplo: “a 10 minutos de la 5”. Los más avezados se sabían los nombres de pilotos y comunicaban algo aun más cifrado e incomprensible al oído del pasajero.

Desde los tiempos de las micros y liebres de variados colores hasta las amarillas que aparecieron en los 90, ese preciado mensaje era recompensado por los choferes de manera contante y sonante. Las monedas tintineaban en las bandejillas que acarreaban los sapos, alrededor de cuyas postas florecía más comercio también.

Estos personajes ya habían alcanzado un rentable pasar a comienzos de siglo. Sin embargo, vieron naufragar toda su red cuando irrumpió ese Transantiago que prometía una flota monitoreada con precisión geométrica por obra y gracia del GPS. Algunos se reciclaron como inspectores del nuevo sistema. También dicen que en localidades rurales se les puede ver todavía haciendo de las suyas. Pero en la capital, la Era del Sapo ya quedó atrás.  

Ah, las micros amarillas… Qué tiempos aquellos.
En todas partes se cuecen bichos

En todas partes se cuecen bichos

Por El Caballo Ascanio

El domingo pasado, por primera vez en la historia de los premios Oscar una producción no hablada “in inglich” se llevó el premio a la mejor película, aparte de otras tres estatuillas: mejor guion, director y película internacional. Como ya todos deben cachar, nos referimos a la surcoreana “Parasite”, la peli del momento. Desde que debutó en Cannes en mayo pasado, la obra del director Bong Joon-ho (“The Host”) no ha parado de cosechar aplausos y galardones, incluida la Palma de Oro en el festival francés. En todas partes le tiran flores y ya lleva recaudados más de 160 millones de los verdes en la taquilla mundial. ¿Quién se hubiera imaginado que una pomada no hollywoodense, sin superhéroes ni efectos digitales ostentosos, podría tener tanto éxito?

Aparte de sus muchos méritos cinematográficos, la historia de estos parásitos del lejano oriente parece haber tocado una fibra universal y urgente. Probablemente ya sabe de qué se trata: los Kim son una familia pobre de Seúl, que sobrevive a duras penas en un semisótano (o banjiha, como les dicen allá), cuya única ventana a ras de piso da a un callejón infecto que los borrachines usan de meadero. Pese a todo, los cuatro Kim son bastante optimistas y busquillas. Cuando el hijo mayor tiene la oportunidad de trabajar como tutor de una cabra millonaria, la toma de una, aunque eso implique falsear algunos títulos universitarios. Así llega a la mansión ultramoderna de los Park, donde sobra el espacio y los grandes ventanales dejan ver jardines exuberantes. A punta de engaños,  Kim Junior se las ingenia para que su hermana y sus papis también terminen trabajando para la familia de ricachones, que nunca se enteran de que sus nuevos gomas están emparentados entre sí. Por un tiempo, la simbiosis funciona, pero resulta iluso creer que la cosa no va a terminar explotando de alguna manera si es tanta la desigualdad reinante, si son tantos los otros “parásitos” en busca de un huésped al que succionar y, especialmente, si es tan desfachatada la insensibilidad de los ricos Park.

En cierto momento, el pater familias le dice a su esposa: “La gente que anda en metro tiene un olor especial”. Él solo se moviliza en auto con chofer, obviamente. Y hacia el final, después de una tormenta que inunda las áreas más pobres de Seúl, la señora de la casa se alegra de que la lluvia despejó el cielo y ahora van a poder celebrar el cumpleaños del retoño regalón en el patio. En todo caso, Bong Joon-ho no presenta a los Park como monstruos. Simplemente han vivido tanto tiempo en una burbuja que ya perdieron toda conexión con la realidad. Son volados nomás, y tan parásitos como los otros, porque no logran sobrevivir sin que alguien les limpie, les cocine, los transporte y hasta les críe los hijos.

Tampoco es que los Kim sean unos santurrones. No solo engañan a los platudos; además no tienen empacho alguno en desplazar con ardides a la pobre empleada y al inocente chofer que trabajaban en la mansión antes de que llegaran ellos. Aquí la lucha es entre clases, pero también, intraclase.  

En fin, después de verla, nos queda la sensación de que la historia de los Kim y los Park perfectamente podría haber sido filmada en el Chilito actual: los González versus los Larraín; en lugar de un banjiha, una mediagua en un campamento o un depa de 30 metros cuadrados en un gueto vertical, y no habría que hacer muchos más cambios. Es más, si la versión chilena de “Parasite” (que podría llamarse “Los ladilla”) se hubiese estrenado en mayo, hoy estaríamos diciendo que es una metáfora anticipatoria del estallido social. Porque, sin ánimo de spoiler, hay un gran estallido final y pucha que es violento.

Esta no es una película de moralejas, pero algunas conclusiones parece sugerirnos. Por ejemplo, que cuando la inequidad crece sin control, la paz social es imposible; que a río revuelto, no hay solidaridad de clase que valga, y que nadie gana en esta lucha: las dos familias salen harto magulladas.

Lo que de verdad está en juego el 26 de abril

Lo que de verdad está en juego el 26 de abril

No sin un dejo de cursilería, a algunos políticos les ha dado por llamar a la Constitución Política de la República “la casa de todos”. O al menos eso es lo que debería ser una constitución política, dicen: una casa donde todos quepan.

Pues bien, los creativos de la campaña de RN por el “rechazo” en el próximo plebiscito del 26 de abril eligieron esta manoseada metáfora como idea central de su primer sketch propagandístico. ¿Ya lo vieron?

En la pieza publicitaria, una actriz que interpreta a una “Señora Juanita” joven y un maestro chasquilla conversan frente a un chalet de ladrillo princesa. Ella quiere arreglarlo porque la cocina se le llueve, el wáter se le rebalsa y adentro viven medio hacinados. Pero Faúndez se niega a hacer arreglos; su sugerencia es demoler toda la casa. Juanita queda pa’ dentro. ¿Para qué echarla abajo, si hay cosas que funcionan súper bien?, retruca. Sin embargo, el porfiado maestro insiste en demoler. La moraleja de la que este cuento pretende convencernos es que es más fácil y rápido arreglar una cuestión que solucionarla de raíz. O sea, ¡qué vivan las soluciones parche, el Poxipol y el alambrito multiuso!

No se puede negar que la propuesta de Renovación Nacional está bien arraigada en la tradición chilena de parchar, parchar y parchar, cruzando los dedos para que, cuando finalmente se derrumbe el techo, sea otro el que esté abajo.

Pero, más allá de esa apelación al Chilean way, hay algo engañoso en este melodrama albañil. Se podría decir que está construido sobre “falsos cimientos”, para seguir en la onda, porque no plantea la verdadera disyuntiva frente a la cual el electorado chileno deberá pronunciarse el 26 de abril. Ese día no vamos a decidir entre demoler o no demoler. La real encrucijada es entre no tener alternativas y tener dos opciones.

Me explico. Si gana el rechazo, nos quedamos con la misma constitución y punto.

Si gana el apruebo, una convención (constituyente o mixta) redactará un texto y luego, en un segundo plebiscito, podremos elegir entre esa nueva constitución y la vieja.

Traducido a lenguaje Sodimac, es como si a uno le preguntaran: ¿Quiere quedarse con la casa donde vive sin tener más opciones o prefiere poder elegir entre aquella y una nueva que le vamos a presentar en poco tiempo más? Cuando esté lista, usted podrá recorrer las habitaciones, pasearse por el jardín, probar la cadena, compararla con su viejo chalet, y de ahí decidir con cuál se queda.

Dicho así, habría que ser bien gil para negarse a tener opciones, ¿o no?

Claro, para que esté lista la nueva casa tendrá que transcurrir un año y medio más. Pero ¿alguien en su sano juicio renunciaría a la posibilidad de elegir entre dos casas solo para no tener que aguantarse otros 18 meses, después de 40 años de espera?

Si los muchachos de RN tanto le quieren hacer arreglos a la actual casa, adelante (dicho sea de paso: resulta extraño que se hayan negado durante décadas a hacerlos y ahora les baje la desesperación). Nadie les impide que los hagan mañana o mientras se escriba la segunda propuesta. Mejor así: vamos a poder elegir entre una casa renovada y una nuevecita.

Pero ¿negarse a la posibilidad de elegir? Habría que ser bien hueón.