Chao 18, bienvenido 12 de febrero

Chao 18, bienvenido 12 de febrero

“Proclamación y jura de la Independencia de Chile”, por Pedro Subercaseaux (1945). En Chago también se hizo la declaración, para calmar los ánimos.

 

La primera reacción fue de incredulidad. ¡No puede ser! La pandemia no solo nos quitó la Cumbre Guachaca, para más remate tampoco nos va a dejar celebrar el cumpleaños de Chilito el 18 de septiembre, nuestra fecha favorita. Demasiada aglomeración, mucha cueca apretada, caldo de cultivo para que el virus haga de las suyas, dijeron las autoridades sanitarias. Mejor correr los festejos para el verano, dictaminaron. El día elegido: 12 de febrero.

Suena raro, pero después del shock inicial, si uno lo piensa bien, la conclusión es que no es tan mala fecha. De hecho, es históricamente más apropiada que el 18. Porque el 18 de septiembre de 1810 a Chile aún le faltaban casi ocho años para ser una república independiente. En el día que tanto nos emociona solo se conformó una junta para gobernar en nombre del rey Fernando VII, a quien Napoleón mantenía precioso.

En cambio, ¿qué pasó el 12 de febrero? No solo una cosa, sino dos.

PALIZA EN CHACABUCO

Tropas chilenas y argentinas rumbo a la Batalla de Chacabuco (12 de febrero de 1817), lideradas por José de San Martín. Óleo de Pedro Subercaseaux.

 

Mendoza estaba sumida en un ajetreo febril a fines de 1816. El último día de ese año, ya sumaba más de 4.000 soldados el Ejército de los Andes planificado por José de San Martín, que integraban argentinos y chilenos exiliados luego del desastre de Rancagua. Estaba todo Liz Taylor, así que, tras encomendarse a la Virgencita del Carmen, el general San Martín ordenó dar inicio al peligroso cruce de la cordillera de los Andes. El 9 de enero, partió rumbo a San Juan el teniente coronel Juan Manuel Cabot, con una partida de emigrados chilenos y la misión de llegar a Coquimbo. El 14 marchó hacia el sur Ramón Freire, para cruzar Los Andes y alcanzar Concepción. El 18 de enero le tocó emprender viaje a Uspallata al coronel Juan Gregorio Las Heras, al frente de una división de las tres armas y 800 soldados. Los días 19 y 20 inició la marcha la I División, al mando del brigadier Estanislao Soler. Y, finalmente, el 21 y 22 lo hizo la II División, bajo las órdenes de Bernardo O’Higgins.

Soler y O’Higgins avanzaron al norte, por la altiplanicie, hasta llegar al río de Los Patos y, desde ahí, más al sur, alcanzaron la máxima altura (3.650 metros), sin apunarse. Dicen que solo a un grupo de soldados negros, entumecidos por el frío, hubo que administrarles aguardiente y cebollas.

El 2 de febrero iniciaban el descenso a territorio chileno. Las villas eran ocupadas sin resistencia. Al contrario, los pobladores los recibían con vítores y víveres, alentados por una proclama del propio O’Higgins: “Renazca entre vosotros el sagrado fuego de la libertad (…) Corred hacia nosotros a participar de la gloria de vuestros hermanos”.

Las divisiones se agruparon en Curimón, al sur del río Aconcagua, en espera de las órdenes de San Martín. Al otro lado del cordón de Chacabuco, se alistaban las fuerzas realistas.

La noticia de la invasión patriota ya había llegado a Santiago y la tensión llenaba sus calles. Una junta militar llamada de urgencia por el gobernador Marcó del Pont el día 8 había resuelto establecer las defensas en el Maule, uniendo las tropas de la capital y las de Concepción. Sin embargo, al día siguiente, Marcó cambió el plan y eligió la cuesta de Chacabuco como punto de resistencia, mientras avanzaban los refuerzos desde Rancagua, San Fernando, Curicó y Talca.

Al informarse de que los enemigos iban a recibir muy pronto refuerzos, San Martín hizo marchar sus tropas la madrugada del 12 de febrero. Había que dar el golpe de inmediato. La primera división, comandada por su compatriota Soler, dobló hacia la derecha para atacar de flanco. La segunda, a cargo de O’Higgins, lo haría de frente. Ambos ataques debían ser simultáneos. A la retaguardia iba el generalísimo argentino.

Fue el líder chileno quien se encontró primero con el enemigo. Pasaban las horas y como Soler no daba señales, resolvió embestir por su cuenta al mediodía. El terreno escarpado dificultó la iniciativa. Por un momento, pareció que los patriotas huían y las fuerzas del rey se adelantaron, pero el general reagrupó a sus hombres rápidamente y contraatacó de sorpresa. Los realistas retrocedieron y, antes de que pudieran reconcentrarse, apareció Soler por el flanco. Triunfaban los rebeldes.

Los 1.400 realistas presentes en la batalla dejaron alrededor de 500 muertos y 600 prisioneros, mientras el resto de las tropas vencidas huyó por entre los cerros. Poco después llegó el general San Martín, satisfecho de ver cumplidos sus vaticinios.

La noche del 12, los mensajeros trajeron al campamento patriota la noticia de que los funcionarios del gobierno español estaban huyendo de Santiago. La verdad es que la huida fue masiva. Las restantes fuerzas realistas, unos 600 hombres al mando de Rafael Maroto, se dirigieron a Valparaíso para abordar un barco que los llevaría en dirección a Lima. Marcó del Pont intentó hacer lo mismo, pero fue capturado días después en el camino. Pasó algún tiempo en prisión antes de que lo remitieran a Argentina. Terminaba la Reconquista en Chile.

Los capitalinos recibieron al Ejército de Los Andes con bailes y saraos. San Martín era el centro de los homenajes e incluso en un cabildo abierto le ofrecieron el gobierno de Chile con facultades omnímodas, pero él tenía otros planes –echar a los españoles del Perú– y renunció en favor de O’Higgins. Así, al día siguiente, por imposición del ejército argentino-chileno de los Andes y con la venia de los vecinos más granados de Santiago, la Dirección Suprema de Chile la asumió don Bernardo.

EL SEGUNDO 12

Jura de la independencia de Chile, por Cosme San Martín.

 

En el papel, O’Higgins tenía todo el poder para utilizarlo a discreción. En la práctica, respondía a las órdenes de la Logia Lautarina, que había llegado desde Argentina para quedarse.

En todo caso, aún quedaba echar a los realistas del sur. Con la victoria de Chacabuco, el poder español había sido expulsado de las provincias de Coquimbo y Santiago. Pero la inexplicable inacción de San Martín luego de la decisiva batalla permitió que las fuerzas realistas se reagruparan en el sur, comandadas por el coronel José Ordóñez. Allí, en Concepción y Talcahuano, encontraron el apoyo necesario como para levantar nuevamente las banderas del rey.

O’Higgins se abocó a organizar un ejército chileno suficientemente poderoso como para iniciar la campaña en el sur. Creó cuerpos nacionales, resucitando así al Ejército de Chile, disuelto después del desastre de Rancagua. También inauguró una maestranza militar y fundó la Academia Militar, para la formación de los oficiales. Hecho todo esto, ya podía avanzar con mayor seguridad hacia las posiciones enemigas. Dejó la capital a cargo de un argentino y emprendió un tortuoso viaje rumbo al sur con su ejército, en medio de diluvios y barriales.

En diciembre de ese año (1817), Talcahuano continuaba inexpugnable y los aguaceros todavía mantenían a O’Higgins encerrado en Concepción. El Director mataba el tiempo con la pelirroja Rosario Puga y Vidaurre. Fruto de esa relación, meses después nacía Pedro Demetrio, hijo que O’Higgins no reconoció oficialmente, tal como su papi lo hizo con él.

Los españoles no se rendían, a pesar de los refuerzos que habían llegado a engrosar las filas patriotas. El sitio a esas alturas ya era un fracaso. La situación se agravó con la noticia de que venía en camino una expedición de entre 3.300 y 6.000 soldados proveniente del Perú, de los mejores batallones realistas. En Concepción, la gallada empezaba a perder la calma. No quedaba otra que salir cascando. O’Higgins, anunció a los habitantes de la región la necesidad de abandonarla y seguir con el ejército a Santiago. Unas 50 mil personas engrosaron las filas del éxodo. O’Higgins fue el último en abandonar la ciudad.

Para contrarrestar el nerviosismo rampante, el colorín estimó que había llegado la hora de concretar un proyecto en el que había estado trabajando hacía meses. Chile debía manifestarle al mundo, y especialmente al invasor, su resolución de ser nación independiente, con un documento solemne. Encargó la redacción de una proclama al ministro Zañartu, Juan Egaña, Manuel de Salas y Bernardo de Vera, quienes le enviaron el borrador a Talca el 2 de febrero de 1818, aunque el documento se dató en Concepción. La declaración decía:

“Hemos tenido a bien, en el ejercicio del poder extraordinario con que para este caso particular nos han autorizado los pueblos, declarar, solemnemente, a nombre de ellos, en presencia del Altísimo, y hacer saber a la gran confederación del género humano, que el territorio continental de Chile y sus islas adyacentes forman de hecho y por derecho un estado libre, independiente y soberano, y quedan para siempre separados de la monarquía de España y de cualquier otro estado, con plenitud de adoptar la forma que más convenga a sus intereses”.

El 12 de febrero de 1818, primer aniversario de la batalla de Chacabuco, se juró la independencia en Talca y en Santiago, en medio del fervor popular.

Sabemos que, camino a la capital, los realistas sorprendieron a los patriotas en Cancha Rayada y pareció que estaba todo perdido. Pero el 5 de abril los chilenos dieron vuelta la tortilla en Maipú. En todo caso, la declaración de independencia misma fue el 12 de febrero de 1818 y eso es lo que vamos a celebrar ahora, si es que el virus no dictamina otra cosa.

¿La Tierra Prometida está en Colombia?

¿La Tierra Prometida está en Colombia?

 

Descubrimos que, al norte del país cafetero, bañada por el Caribe, existe una playa que se llama Guachaca. Leyó bien: Guachaca. ¿Será una señal divina? Necesitamos que alguien vaya para allá.

Los teólogos guachacas siempre han estado divididos en un punto crucial, debate que ha animado extensas y regadas noches: ¿es la Tierra Prometida Lontué o Cachagua?

Lontué es la cuna del Gran Guaripola y de los mejores mostos, según arguyen los lontuetistas.

Los cachagüistas esgrimen la historia de cómo perdimos Villa Guachaca, que todo miembro de la Fermentación debe conocer: el año 1974, en medio de tiempos duros, invertimos los fondos recaudados en rifas, apuestas y malones en nuestro gran sueño, un lugar de veraneo para los socios, donde poder recuperarse de la Rosita, de la achicá de la enzima, de las puntadas al hígado, de las arcadas secas, de la tos de perro y de los retorcijones de tripas. Lo llamamos Villa Guachaca. Posteriormente tuvimos que pasar a la clandesta y ponerle chapa a la villa. El socio encargado de limpiar el nombre se lo puso al revés, quedando como “Cachagua”. Desde el regreso de la democracia que estamos exigiendo la aplicación de la ley 01458 sobre devolución de bienes. Para ciertos exégetas, no es solo cuestión de justicia patrimonial, sino de destino manifiesto.

Sin embargo, recientemente surgió un nuevo contendiente a ocupar el sitial de “Tierra Prometida”, y está fuera de Chilito.

Hace poco supimos que, en Colombia, bañado por las cálidas aguas del Caribe, existe un minúsculo balneario que se llama Guachaca. Sí, leyó bien: Guachaca. No sabemos de dónde salió el topónimo ni qué significa, pero algunos lo ven como una señal.

Enviamos a un adelantado guachaca a hacer un primer reconocimiento. Las crónicas que nos despachó son, por lo bajo, perturbadoras.

 

UNA TRAVESÍA SIN RETORNO

El compipa llegó primero a Santa Marta, en el departamento de la Magdalena, una ciudad re turística y bulliciosa adonde muchos turistas van para luego partir al parque nacional Tayrona. Es la ciudad grande más cercana a Guachaca, así que ahí se puso a preguntar a los colombianos sobre este supuesto edén playero. Lo curioso es que ninguno cachaba mucho. Fue un surfista gringo el que le dio el dato de cómo llegar, medio en secreto, para preservar la pureza de este aún poco frecuentado balneario: hay que dirigirse al Mercado Público, subirse a un bus con destino a la Guajira y pedirle al chofer que pare en el kilómetro 36, en un cartel que dice “La Brisa Tranquila”. Una vez ahí, hay que buscar un sendero de tierra que se abre en medio de la selva y caminar como una hora entre lianas, palmeras y árboles de ébano.

 

Estas cascadas quedan a tiro de cañón de la playa Guachaca.

 

De pronto, los ojos se deslumbran con la arena blanca y el mar calipso. Estamos en Guachaca, una antigua plantación de cocos que hoy cuenta con unos cuantos hostales onderos hechos con madera rústica, donde hípsters del primer mundo se pueden dar la gran vida por unos pocos pesos: desayunar arepas con huevo y cruasanes de chocolate, hacer yoga o practicar surf toda la mañana, almorzar pescado fresco con cerveza artesanal, dormir la tarde en hamacas, despertar para ser testigos de atardeceres que más parecen incendios marinos, seguir chupando a la luz de la luna en torno a una fogata, y terminar durmiendo bajo las estrellas, protegidos solo por mosquiteros.  

 

Lugares para dormir la siesta no faltan, tampoco el tiempo.

 

La mayoría de sus visitantes son europeos, canadienses, australianos o estadounidenses, y la mayoría llega por recomendación de un amigo. Algunos se quedan para siempre, como los dos hermanos canadienses dueños del Costeño Beach Hostal.

Pero lo que no hay en Guachaca son guachacas. Por eso nuestro adelantado nos pidió un giro de plata para comenzar una colonia y hacer patria en medio de tanto rucio bronceado. Una tarea nada fácil, dado lo agreste del entorno. El cabro nos convenció y le mandamos los billetes. Ahora estamos preocupados, porque no volvimos a saber nada de él. Enviamos a otro explorador a buscarlo y pasó lo mismo: no ha leído los guasap. Estamos estudiando si enviamos a un tercero o avisamos a la Interpol.

La cosa es que la interrogante se mantiene: ¿es nuestra Canaán una playa colombiana?

 

Son kilómetros y kilómetros de playa. Hay espacio demás para tirar la toalla.